lun. Mar 18th, 2019

Geografía subjetiva

Hay una Geografía objetiva. La del Norte, el Sur, el Este y el Oeste, donde hay capitales, países y parajes que se nombran para hacerle homenajes a próceres de la patria, a los antiguos habitantes del lugar (que algún hombre blanco se encargó de exterminar en ese siglo XIX aciago) o sencillamente porque suenan bien.
De esa debemos saberlo casi todo y así nos lo enseñan. Que el Miño nazca en Fuente Miña o cuánto te va a llevar si tienes que ir de Repente a Kagar es parte de este tipo de Geografía.

Luego está la Geografía subjetiva. La buena, la de verdad, la de los sentimientos hacia los lugares que nos unen para siempre a ellos por lo que sea. La mía no es demasiado extensa e incluye sitios a los que me siento vinculado sentimentalmente porque alguien a quien aprecio es de allí, aunque jamás haya estado, porque haya vivido allí, siquiera unos meses o, como el caso de la Sierra de Córdoba, porque haya sido el sitio donde aprendí a disfrutar jugando al aire libre, donde más “peroles” de arroz me he comido y donde, hasta cierta edad, uno es feliz “yendo de campo en domingo”.

Es fácil entonces, que un Trail que discurra por ella sea un “must”, un “back to basics“, un “bringing it all back home” para alguien que ha echado los dientes por allí y ha disfrutado como los niños hacen de estas cosas: con sinceridad, regocijo e incansablemente.

Siendo así, el “paseo” de 55 kms me parecía a priori de lo mejor que me iba a pasar en el mes de marzo, teniendo además en mente que fuese un entrenamiento duro para lo que se me viene encima.

Opté por hacer varias cosas nuevas, entre ellas estrenar mis Merrell Trail Glove en su entorno natural: un trail técnico, de bajadas arenosas muy rápidas que hice corriendo todas y cada una de ellas. En la primera, muy pronto, volé hacia abajo: el agarre magnífico y la confianza que me daban en el pie me permitió hacer lo que nunca antes otras zapas me habían dejado. “Chapeau” para ellas. Añado que las he llevado las ocho horas sin calcetines con un resultado magnífico sobre el pie. Aunque algo irritada la zona de los metatarsos, no quiero ni pensar lo que una zapa normal hubiera hecho sobre los pies de cualquiera en estas condiciones.

Del resultado del Trail no estoy especialmente orgulloso. Han sido muchas  horas (8 y  7 minutos, para ser preciso) en las que me ha dado tiempo a pensar demasiadas cosas negativas: por supuesto, el “¿qué cojones hago yo aquí?”  ha sido el que más alto resonaba en mi cabeza, pero el estado en el que iba me hacía dudar de todo: de la MiM y de Peñalara principalmente, pero es que llegué a pensar en no quería volver a correr. Esto de los atracones, es que no es bueno…

Los pensamientos “tóxicos”, claro, coinciden con bajones físicos considerables de los, tampoco, me creía que fuese a salir. Me recuperé de tres bastante evidentes antes del km 40 tras parar en un avituallamiento, estirar un poco y comer algo distinto a las barritas; en el 50 tras no parar en otro y seguir caminando y casi llegando, a 3 de la meta, para conseguir acabar corriendo y entrar descalzo con las zapas en mano.

Para no acabar con sabor agrio, debo decir que, muscularmente, he acabado mejor que ninguna otra carrera hecha antes. Lejos quedan aquellas “parálisis” de los glúteos por una técnica incorrecta, los dolores infinitos del psoas y de los gemelos, los cuadriceps colapsados y los isquiotibiales a los que no se les podía acercar una pluma. Estoy físicamente entero, sorprendente y satisfactoriamente entero para la paliza que (eso creo) me he pegado; pero tengo que solucionar ese temilla del pensamiento negativo. No me ha gustado nada lidiar con él 🙁

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