jue. Feb 21st, 2019

Benaoján-Cueva del Gato. Siempre hay una primera vez

Decir que esta I Marcha Benaoján-Cueva del Gato me ha resultado más dura que nada de lo que haya hecho antes tampoco significa tanto, dada mi limitada experiencia en pruebas más allá del asfalto. Pero también ha resultado ser un momento epifánico que ha situado en un nivel desconocido la relación con mi cuerpo y su capacidad de resistencia.

Los participantes, con todo tipo de atuendo, daban idea de su “procedencia”: gente con ropa de atletismo, de montaña, casi de calle, con botas, con zapatillas de deporte normalitas, con zapas de trekking y de trail, con mochilas pequeñas y grandes, con cinturones de hidratación, con camel-bags, con gorras, sombreros, pañuelos y a pelo, con manga larga, abrigados, en tirantes, manga corta y cazadoras; mayores y más jóvenes, mucha gente en pareja y, sobre todo, muchas chicas, que no suelen ser tan numerosas en otro tipo de pruebas.

Sobre el papel, o más bien sobre la web, y con la osadía que da la ignorancia, me coloqué a priori dos objetivos: hacer todo el trazado corriendo y terminar en menos de 6 horas. También me costó decidir si iba a ir con bote de agua o sin él. Dado que había 8 avituallamientos, parecía más seguro ir con las manos libres, pero decidí que merecía la pena correr el riesgo y evitar pajarones por falta de agua. Esto me vino bien y mal: no me faltó agua, pero hubiera sido mejor llevarla de alguna otra manera.

Pronto, tras el petardazo de salida, me di cuenta de que ir corriendo todo el camino era ya difícil: salimos unas 300 personas por las calles de Benoján que no están hechas, precisamente, para aguantar carreras en grupo, así que hube de caminar junto a los demás un buen trecho.

Las primeras cuestas, ya fuera del pueblo, pude empezar a correrlas, pero inmediatamente comenzamos a subir por un sendero estrecho y pedregoso que no invitaba a la carrera, sino al paseo y a la contemplación, pero donde no había que perder ojo del de delante o dónde pisabas.

Antes del primer avituallamiento ya se pudo correr durante 4 o 5 kilómetros, pero era inevitable combinar la carrera con la caminata, sobre todo en parte del trazado donde ni siquiera era una senda lo que se pisaba o en bajadas muy técnicas donde, sin experiencia, la carrera sólo te podría traer una lesión.

Luego, un carril ancho, una nava extensa y el segundo avituallamiento antes de entrar en una dehesa de vacas de carne que se te cruzaban asustadas. Desde ahí, otra vez caminando entre jaras y monte bajo, subiendo, siempre subiendo, antes de comenzar una bajada muy técnica que hice siguiendo a un “local” que me ofrecía seguridad y mucha, muchísima, información sobre el trazado, que él mismo se había encargado de señalizar. Por ahí nos dieron los 18 kms, a los que llegué en menos de 2 horas. Iba notando las piernas cargadas, sobre todo los cuadríceps, pero de todo lo demás me sentía genial: con fuerza y ganas.

En el cuarto avituallamiento, en la estación de Cortes, nos dicen que llevamos por delante a 33 participantes y que el primero nos lleva 25 minutos. ¡¡¡Yo aluciné!!. Me pareció increíble ir tan cerca de la cabeza y dentro de los 50 primeros. Jamás antes me había pasado. En esto, también esta carrera era otra cosa. Sin ir en grupo, sí que andábamos muy cerca unos 10-15 corredores que nos pasábamos o cogíamos mútuamente a lo largo de la carrera y ya nos íbamos preguntando por la salud en cada ocasión, con  momentos para el fisgoneo curricular recíproco: conclusión, gente con mucha experiencia combinada con aprendices y novatos, todos juntos.

Había ido comiendo plátanos y naranjas en cada avituallamiento y me había zampado ya dos barritas energéticas. La primera, a la hora y media, me puso a tono, me sentó muy bien y noté su efecto. La segunda me supo a rayos y me costó un infierno tragarla (era distinta). Reservé los geles para un momento en que la cafeína me pudiera ayudar a levantarme el ánimo, pero cuando usé el primero, lo que hubiese necesitado era un par de muletas.Pero lo peor estaba por llegar.

En el kilómetro 32, Jimera de Líbar, había otro avituallamiento con bocatas que no cogí y una frase premonitoria: “Os queda la subida a la Cueva”.

Mi infierno empezó allí, en ese 32 aciago. Kay Puentes, al que conozco de Twitter, triple  IronMan, y con el que había ido corriendo los últimos diez kilómetros, apretó en el descenso y no pude ya cogerlo. Los descensos eran un suplicio, aguantar el peso de mi cuerpo con mis azotados muslos me ponía a punto de las lágrimas, pero no dejaba de correr. Esto fue para mí una sorpresa: podía seguir corriendo sin querer hacerlo y casi sin poder hacerlo, a un ritmo que ni era ritmo ni era nada, pero que me permitía incluso pasar a gente de ese grupo virtual a los que ya no volví a ver hasta el último avituallamiento, ya con la subida a la Cueva del Gato hecha.

La subida a la Cueva fue la parte más bonita del trazado: una senda estrechísima donde los senderistas tenían que dejarte paso y te aplaudian, dando ánimos que necesitaba. El río, allá abajo, te llamaba a hundir las piernas en lo que deseabas fuesen aguas gélidas, pero sólo pensar en que tendrías que volver a subir, te quitaban las ganas.

Al último avituallamiento llegué exhausto, aunque pensando en que apenas 5 o 6 kilómetros no podrían ya añadir dureza a lo que llevaba encima. ¡¡Qué engañado estaba!! Esta fue la peor parte. Posiblemente era la de más inclinación del trazado y ya sólo podía andar y a veces ni eso, aunque me animaba ver que fácilmente cumpliría mi segundo objetivo de las 6 horas, porque por ahí rondaba las cinco y no me podía creer que fuese a tardar una en terminar los 5 kilómetros que me quedaran. En esa parte me pasaron por lo menos cinco corredores de mi grupo virtual, que iban claramente más frescos y aún podían hasta correr.

Pegué la hebra antes de “hacer cima” con la que, luego supe, era la segunda chica, que empezó a bajar como una moto a esas alturas de carrera, donde yo no pude ya ni intentar echar a correr.

Acabado el trazado de montaña, entré a Benaoján completamente solo, ahí sí corriendo de nuevo. Cuando llegué a la plaza, final de carrera, Kay estaba sentado allí, charlando y tranquilo. Yo me descalcé, pedí una cerveza y, sólo después de un rato, pude pensar en comer algo que no fuera dulce y untuoso.

Terminé mi primera marcha de montaña. Aquí hay más fotos.

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