Yo soy español, español, español (y avergonzado), Por Pepe Roldán.

A veces amigos míos se extrañan sobre mi incapacidad para emocionarme con las victorias de “los españoles” en pruebas deportivas de élite. Ellos, como la mayoría, sienten como propias las ganancias (y utilizo la palabra con intención) de Rafa Nadal, Fernando Alonso o los pijos de La Roja y La Rojita, como la llaman los estúpidos comentaristas deportivos del mayormente estúpido entramado de medios deportivos nacionales.

Y mi caso no es un caso de anhedonia patriótica o algo por el estilo, sino una conclusión sobre el análisis verdadero de lo que me pertenece de las victorias de estos deportistas que apenas comparten conmigo una nacionalidad de la que, sinceramente, nunca me he sentido especialmente orgulloso.

Para que fuese partícipe de algo con ellos, tendría que sentir cómo mía su carrera, su esfuerzo, su trabajo diario para llegar al más alto nivel de su profesión y, lamentablemente en nuestro paÌs, eso es imposible.

Las victorias de deportistas españoles son, aunque parezca osado decirlo, meras anécdotas que han ocurrido de forma síncrona en los últimos años y ahí están los resultados deportivos en los Juegos Olímpicos de Londres para poner en nuestro sitio el verdadero nivel del deporte español (este sí, en conjunto y con nacionalidad). Porque, realmente, detrás de Nadal o Alonso o incluso los propios jugadores de la selección de fútbol lo que existe son esfuerzos individuales , en todos los casos, familiares para que el chico de turno brille. Esfuerzos, madrugones, gastos y más gastos que soportan primero como afición del “niño” y luego con intención de hacer de ello una profesión pero que donde el resto de nosotros (los que luego cantan  “soy español, español, español”) no hemos participado y donde, la mayorÌa de las veces, lo hemos hecho para intentar hundirlos cuando haya tocado y donde lo que vemos la mayorÌa de las veces es un tipo que intenta buscarse la vida con algo que sabe hacer bien, pero que ni de lejos ayudaríamos a alcanzar la meta aunque nos explicara mil veces que es importante para un paÌs que sus deportistas brillen.

Quizás el atletismo, llamado cínicamente el deporte rey de los Juegos Olímpicos, sea el ejemplo más evidente de lo que pasa cuando en un país no pasa nada porque un deportista “de élite” gane 1.000 euros al mes y logremos hacerlos parecer unos putos vagos abusones porque tienen una beca que les permita dedicarse a lo suyo de forma exclusiva y no se nos caiga la cara de verguenza de tener que leer algo como esto. Pero, claro, el titular es la plata de la selección de baloncesto y no el enorme ridículo que como país y como sociedad transmiten unos resultados deportivos como los que, esta vez sÌ, ESPAÑA ha logrado en estos Juegos.

Que ante la supremacía africana en determinados deportes de fondo, siempre aparezcan uno o dos atletas blancos y que suelan ser yankies no es casualidad, por supuesto, sino intención de un país para que eso suceda.

Al paleto español que somos y que sale a gritar cuando gana la selección y su equipo de fútbol local le trae al fresco lo que todo esto significa, pero saldrá ofendidísimo a gritar que los franceses “NOS HAN QUITADO” el Tour si resulta que se gana haciendo trampas y, por supuesto, se la trae al pairo que para entrenar en una pista de atletismo un chiquillo que comience a destacar en su pueblo tenga que añadir a su vida diaria unas decenas de kilómetros.

Pero, ¿qué vamos a hacerle?, nosotros somos “españoles, españoles, españoles” y aunque por aquí digan que las victorias deportivas ayudan a bajar la tasa de suicidios, nosotros estamos en España, donde “de cada dos cabezas, una embiste” y eso no lo vamos a arreglar en la vida.

Pepe Roldán (@peperoldan)

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