Volver a ser un niño – Media maratón #barefoot

Con ese brillo que te vuelve un niño,

llegaste como cualquier cosa

Desde que mi, ahora buen, amigo Luis Rodríguez se enteró de que iba a hacer la media maratón de El Arahal descalzo, su excitación no paró de crecer. Luis, un corredor con clase, fuerza, años de experiencia y tiempos en fondo y medio fondo que para la mayoría de nosotros son un sueño inalcanzable, ha recuperado la ilusión por la carrera y la competición después de 4 años practicando “el footing”, como él mismo dice. Con su “mal estado de forma” y su “falta de confianza” actuales me haría yo tirabuzones, como dice la copla. ¡¡Quién los pillara!!.

Carmen Torres, campeona
Carmen Torres, de San Fernando, campeona de su categoría, se quiso hacer una foto conmigo al verme descalzo en la salida 🙂

Capaz de transmitirme toda su ilusión por verme terminar una carrera descalzo y hacerla juntos, me sentí bastante poderoso desde el comienzo de la carrera y muy confiado por el indispensable apoyo que él mismo me prometía. Poco antes de la salida pegamos la hebra con Paco Guardiola, un triatleta murciano con el que coincidimos al recoger el dorsal y que venía desde Jumilla, otra tierra de vinos, como la mía. Luis se encargó, emocionado, de contarle mi (que ya era “nuestro”) propósito, con tanta fruición que acabó también embarcando a Paco en la aventura, así que ya éramos tres  para terminar mi primera media maratón descalzo.

Comenzamos con un recorrido por el casco urbano de El Arahal, sobre unos adoquines de granito liso y anchos, comodísimos y agradables al tacto (¿tenemos tacto en los pies?) y que ni siquiera estaban fríos. Mucho público animando y donde ya comienzo a oír la frase: “ira, ira, si va de’carso”.

Después de cuatro o cinco kilómetros comodísimos y sin ningún peligro de pisotones ni pinchazos, Luis marcó un ritmo cómodo y constante que nos duraría todo el camino. Luis siempre en cabeza y Paco en paralelo a él, me pusieron las cosas cómodas. Yo me dejaba llevar, dándoles cuatro o seis pasos de distancia a veces, para volver a alcanzarlos en cada repecho. En ellos Luis, que me conoce bien, me animaba en voz alta con frases más dirigidas a los corredores que pasábamos que a mí mismo: “Vamos Pepe, las subidas son lo tuyo” y apretábamos sólo un puntito para dejar atrás a diez o doce corredores cada vez que ya no volverían a pillarnos.

Cada grupo de corredores que pasábamos tenían palabras de ánimo para el “de’carso”, que yo agradecía y que me ponían seda sobre el asfalto.

Los repechos eran una gozada, ponían sal a una carrera que, de otra forma, hubiese sido de esas de trazado recto y aburrido. En los últimos antes de entrar en Morón, Paco empieza a resentirse y se queda atrás, pero se recupera en las bajadas y nos sigue acompañando. Ahí, en las primeras rotondas de Morón, el asfalto se vuelve incómodo y me hace bajar un poco el ritmo. Me da rabia porque a estas alturas y con el objetivo prácticamente cumplido, vamos como motos y yo quiero apretar, sobrado de fuerzas como voy, pero me resulta difícil y doloroso. Pronto pasaría este trayecto y retomamos nuestro ritmo.

En el kilómetro 19, ya en en pleno casco urbano de Morón, con el piso de nuevo convertido en adoquines de granito rosa nuevecitos, recién colocados y aún con la arena de obra sin terminar de barrer, comenzamos un nuevo ascenso que a mí me sabía gloria. Luis me ve con fuerza y me acompaña en la subida donde apretamos los dos para oír a Paco, un poco retraso decir: “Yo me quedo, me quedo…”. Sin esperar respuesta de Luis, le digo a Paco: “Ni hablar, tú no te quedas, nos quedamos” y los dos casi nos paramos para acompañar a Paco, que se recupera.

Los tres mosqueteros
Luis, Paco y un servidor, en meta.

Desde ahí a meta, una gozada. Yo voy animando a Paco, le digo que sonría, que estarán ahí sus dos críos esperándolo y la gente, animando un montón, casi nos lleva hasta la meta.

Entramos en meta los tres a la vez, Luis más emocionado si podía ser y Paco, cansado, nos agradece la compañía.

Yo terminé mi primera carrera larga descalzo, contento como un niño y con ganas de hacer la siguiente sabiendo que cualquiera puede hacerlo, porque se puede.

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