Va en el precio – Isostar Desert Marathon 2012

No hay carrera que merezca la pena si en la crónica que te ronde la cabeza no tienes varios nombres de personas a las que citar. Eso lo sé ahora.

Mi primera verdadera experiencia con las carreras largas, este sábado día 14 pasado en algún sitio de Los Monegros, es un caso de carrera que merece la pena ser recordada porque se le puede poner cara y nombre casi a cada kilómetro.

Para mí, Miguel, Valen, Eduardo, Jesús, Damián, Víctor y Carme fueron mi equipo de resucitación. Me alcanzaron justo antes del sexto control, el que estaba en el kilómetro 83 y fue donde empezó de nuevo para mí la carrera.
Con Miguel ya había coincidido esa mañana mientras preparábamos el material para la salida bajo la gran carpa del campamento de Los Monegros donde habíamos dormido. Impresionaba su material, completo hasta el mínimo detalle, y su desparpajo, tamaño y cercanía.

Luego, poco antes del kilómetro 40, cuando iba intentando salir de mi primer bache, me alcanzó junto con su amigo Alex. Eufórico, me reconoció gritándome al pasar: “Ahí está el kilómetro 42, esto está hecho. Se creía esta carrera que iba a poder con nosotros y la tenemos tumbada. ¡¡Verás en el 80 cuando la tengamos noqueada!!”.

Camino de ese control, el del 40, el tercero de ocho, yo me dí el primer respiro. Tras una bajada técnica, que hubiera disfrutado en cualquier otra ocasión, no podía seguir corriendo. Literalmente no podía. Ya había convertido los objetivos en microobjetivos y llegar al 40 como fuese era el de ese momento. Así que cuando Miguel me habló del 80, me pareció que me gastaba una pesada broma.

El control del kilómetro 40 fue el de mi primer bote de hidratos Energy+ en carrera (había tomado ya uno antes de la salida) y cuando decidí usar los cascos y música para intentar salir del bucle en el que había entrado. Realmente me sirvió.

Conseguí volver a correr y corriendo llegué hasta el avituallamiento (por llamar de alguna manera a una carpa sin sillas y una botella de agua por persona) del kilómetro 53. Allí dejé a Miguel y su colega Alex con ampollas en los pies y a Jesús, Valen y Carme, que llegaron jugando como si tal cosa a esprintar y marcar su tiempo uno antes que otro. “¡Joder, van sobradísimos, qué cabrones”, pensé.

Insuflado por una energía desconocida gracias a una conversación con mi mujer sobre las 9:30 de la noche, antes de que el sol se echara, yo corría con fuerza para llegar al 67, ya de noche, bastante entero y con ganas de cenar.

Me estaba zampando mi segundo bocata de jamón cuando llegan Xavier y Rebecca, dos corredores con los que había estado haciendo la goma desde antes del kilómetro 40. Xavier se sienta un poco pero pronto se esconde para empezar a vomitar ruidosamente. Habíamos estado hablando antes de llegar al segundo control y me explicó para lo que realmente entrenaba: la ultradistancia en pista. El tipo venía de hacer los Seis días de Antives. Seis días corriendo alrededor de una pista de poco más de un kilómetro. No has leído mal: seis días corriendo alrededor de una pista de poco más de un kilómetro, donde gana el que más distancia recorre, como un hamster en su rueda. Xavier me explicó que son carreras donde la asistencia personal es imprescindible porque después de un día sueles no saber ni qué día es y el que te asiste debe decirte cuándo parar, cuándo comer y cuándo dormir, nunca más de 1 hora y 20 minutos. Orgulloso, me contaba que su marca de 489 kms con 933 metros le había clasificado para ir a los 8 días de Montecarlo próximamente. Otra gozada similar. A mí, se me vino a la cabeza el Danzad, danzad malditos de Pollack, pero me dejó con tanta inquietud que encontrarme con él a lo largo de la carrera me hizo no dejar de pensar en los límites de la fortaleza de un cuerpo y, por supuesto, en que no deje de rondarme desde entonces por la cabeza alguna barbaridad de ese tipo.

Mi primera noche en carrera se me iba haciendo eterna. Me quito los cascos para poder oír la noche de Los Monegros. Un millón de grillos ahogaban mis lentos pasos y no sé en qué momento comienzo a necesitar un reset, pero no encuentro mi botón. Doy dos cabezazos de sueño: me iba quedando dormido, de pie y andando: la cosa es seria. Se me cruzan no sé qué cables y empiezo a pensar en lo que no debo, en que son las tantas de la noche y en que, como mínimo, cuando llegue al siguiente control, el que debe hacer 70 kilómetros, me quedarán 44 kilómetros para llegar a meta y que en mi estado, supondrán 8 o 9 horas en el mejor de los casos. Llevo 13 horas de carrera y he perdido la capacidad de plantearme microobjetivos. La capacidad de, sencillamente, visualizarme alcanzando el próximo control. Esos 70 kilómetros que no parecen llegar nunca comienzan a minarme: apenas puedo andar, pierdo las señales del camino, giro la cabeza a izquierda y derecha intentando hacer brillar con la luz del frontal alguna piedra pintada, vuelvo a ponerme música, miro hacia atrás buscando el brillo de algún corredor que me siga, pero somos pocos ya en carrera. No veo a nadie.
Las señales fluorescentes se desvían hacia la derecha en una empinada bajada técnica que logro comenzar con seguridad gracias a mi única fortaleza: mis pies. Calzados en las VivoBarefoot, siguen enteros pese a ir sin calcetines y con el calzado prácticamente recién estrenado. Los tacos de las zapas se agarran al suelo como lapas. Ellas solas me bajan hacia una pista corta, con el control ya a la vista. Ahí es cuando me alcanza el grupo de resucitadores. Miguel, nada más verme, me grita: “¡¡¡Montilaaaaaaa!!!!”. El tío lleva un faro en la frente que parece el diente de oro de Pedro Navaja, “alumbrando to’a la avenida”. Me pregunta cómo voy y no lo engaño: “Frito. No puedo más, no puedo más”. “Tío, estás en el kilómetro 83, no te vayas a dar por vencido. Me quedo contigo hasta llegar, que a mí el tiempo me la suda”, me dice con una sinceridad y tono que me deja impactado.

Reacciono a lo que me dice y niego tanto la ayuda como la distancia. Yo estaba llegando al kilómetro 70 y el tipo me hace despertar y me engaña con 13 kilómetros más, ¿pero qué coño dice?. “Ahora descansas, comes y te vienes con nosotros. Estamos haciendo series, tío. Corremos un kilómetro y andamos tres. Vamos como una moto”.

Era el reset que necesitaba. Respiro, me aclaro, vuelvo al control del 67, el de hace horas, veo gente y hablo con ellos, apago el frontal y me siento por primera vez en una silla en trece horas con mi dosis de agua, que uso para hacerme otro bote de Energy+. Como algunos frutos secos crudos que me ofrece Miguel y alguna gominola energética. Me levanto un momento y la silla la ocupa otro preso del campo de concentración, aquí no hay tregua.

En el grupo viene Victor, un chaval joven que afronta su primer ultra y que tiembla como un cachorrito de esos que aún no han abierto los ojos. Muy abrigado, apenas habla e insiste en no comer, a pesar de que es evidente que lo necesita y de los consejos de los demás.

El grupo empieza a moverse. Los controles a esta hora son ya trampas que roban calor y donde pararse más de lo necesario asegura no poder seguir. Un poco de viento y la bajada de temperatura hacen que sea imposible estar quieto mucho rato.

De pie, me organizo: lleno los botes de agua e isotónica, me abrocho el ligerísimo cortavientos que no volveré a usar en otra carrera de este tipo, el buff en su sitio y apago la música. Estoy de pie y entero. De repente, me viene a la cabeza la escena de Pulp Fiction en la que Travolta le clava en el corazón una jeringa de adrenalina a María de Medeiros y ella se levanta como empujada por un resorte. Soy ella.

“¿Empezamos andando?”, dice MIguel. Y empieza para mí otra carrera.

Pronto, porque estábamos bajando y somos disciplinados, empezamos a correr. ¡Vuelvo a correr!. Yo no salgo de mi asombro. ¡He resucitado, como Lázaro!. El grupo es compacto, no nos separamos, avanzamos ocupando los tramos anchos como un tren de mercancías, con un solo foco colosal que crean los seis frontales.

Carme, la única chica del grupo, es la más fuerte. Andando y corriendo, marca un ritmo infernal que seguimos como podemos, unos mejor que otros. “¡Por Dios, que alguien le eche un par de piedras en la mochila a esa mujer!”, dice Miguel. Reímos contentos. Establecemos conversaciones de dos a dos, de uno a uno, de todos con todos, pero mantener compacto el grupo es difícil. Tengo brillantes momentos en los que me pongo en cabeza con Carme y ando ligero, corro como ella cuando, disciplinados, nos ponemos a correr el kilómetro de rigor.

De repente, alguien grita: “¡Y ahora, cincuenta pasos de sprint!”. Y así lo hacemos: cambiamos el ritmo durante cincuenta pasos que nadie cuenta, pero que todos queremos hacer. Somos uno solo enganchados a Carme, que es una roca.

Siento otro bajón considerable antes del penúltimo control, el del kilómetro 96. El grupo se me va, nos deja a Victor, que aún resiste, y a mí, pero siempre los tenemos a la vista. Intento animar a Víctor: “Vamos a cogerlos”, pero no puede, no puede más. Lo dejo atrás y llego al control apenas un minuto después que ellos.

Tercer bocata de jamón, alguna barrita, más agua, botes llenos y el grupo se parte. Miguel y Damián se quedan en la ambulancia curándose unas ampollas en los pies. Víctor se sube a ella intentando buscar calor y se entrega. No puede salir de allí pese a la insistencia de Miguel para que coma e intente seguir con nosotros. Los demás no podemos esperar más a pie quieto. Estamos helados, es imposible esperar a la cura de los dos y tenemos que irnos.
Son las cuatro y media de la mañana y caminamos ya Carme (siempre ella), Eduardo, Jesús, Valen y yo esperando con ansia sin medida el último control. Ese desde el que sólo quedarán ya ocho kilómetros a meta.

Jesús saca un tema peliagudo: tiene en meta un pan hecho por su hermano, que es panadero, un fuet y jamón, más una nevera llena de cervezas. Me promete una al llegar a meta y yo me quiero casar con él.

Antes de que el cielo empiece a clarear, no puedo seguir al grupo. Se me van en una de las series de “correr”. Aunque siempre los tengo a la vista, no logro alcanzarlos. Veo sus luces traseras y sus frontales cuando se vuelven buscándome. Me siento acompañado y decido no parar de correr. Es la única forma de cogerlos. Ellos combinan carrera y caminata y eso me permite hacerlo. Antes, el sol ya empieza a hacer claro el cielo y apago el frontal. Decido disfrutar de mi primer amanecer en carrera, ese momento en que no puede distinguirse un hilo blanco de uno negro, como el momento que marca la hora de la última oración del día para un musulmán. La mala hora.

Amancer
Jesús, yo, Miguel, Eduardo, Damián y Carme. Valen hace la foto

Eduardo, allá adelante, aún lleva su frontal encendido aunque realmente no hace ya falta. Logro alcanzarlos con el sol ya asomando a nuestra derecha y me pongo a caminar junto a ellos cuando Eduardo mira atrás y dice que llegan Miguel y Damián. Le han echado un par de narices y han corrido todo el camino hasta alcanzarnos. Volvemos a hacer grupo y gritamos felicitándonos.

Exultantes, llegamos al último control, yo otra vez descolgado del grupo. Desde el propio control ya vemos la meta. El subidón es increíble. ¡Estamos a punto de conseguirlo y nos va a llevar quizás hora y media hacerlo!.

El grupo, tal y como acabó
El grupo, tal y como acabó, en el último control

Pero aquí empieza otra carrera. La organización había decido gastarnos la pequeña broma de convertir los últimos ocho kilómetros en unos once o doce. Siempre con el campamento a la vista, giramos y giramos en absurdos bucles que alargan nuestra desesperación. Miguel se lesiona la rodilla en una bajada que era como un escalón pequeño, el grupo de disgrega. Jesús va delante con Víctor, Carme acompaña a un tocado Valen, yo vago en tierra de nadie, unas veces delante de Miguel y Damián y otras veces detrás. Nadie intenta siquiera correr. Sólo maldecimos una y otra vez la pesaba broma de los “8 kilómetros” últimos en los que invertimos más de dos horas.

El sol vuelve a calentar cuando ya embocamos la última recta. Cerca del arco de entrada, veo a Miguel abrazando a sus colegas que lo esperan en meta, pero que se niega a cruzar hasta que no lleguemos todos. Nos reagrupamos justo en el arco de entrada, donde están ya los corredores que van a hacer la otra carrera, de 46 kms, que empiezan a aplaudirnos y se acercan a la valla por donde tenemos que pasar. Levanto la cabeza y veo a Víctor Jiménez, con el que compartí viaje y algo más desde Zaragoza que está a punto de empezar su carrera. Lo abrazo y me felicita. Ambos nos emocionamos y sólo acierto a decirle con voz quebrada: “Ha sido muy dura, Víctor”.

El grupo entra a la vez, nos abrazamos, felicitándonos a la par que nos despedimos, cada uno con su historia por contar y sus recuerdos.

Como me ha dicho Valen recientemente en Facebook, “conocer gente como esta va incluído en el precio de la inscripción”. Y, tal y como está la cosa, es lo mejor en lo uno puede gastarse el dinero últimamente.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *