Una demostración de fuerza completamente innecesaria

Perfil de la prueba
I.- Parte retórica (completamente evitable).
A priori, los 118 kilómetros de la CSP118 no iba a ser la distancia más larga que había corrido hasta ahora aunque, muy probablemente, sí me llevaría más tiempo que mi último intento de similar tamaño.
Como diferencia sustancial añadida esta vez iba acompañado de José Antonio Marqués Vilaplana y su promesa de “no te dejaré solo”, que cumplió a rajatabla (es hombre de palabra), lo que me permitió tener también la primera experiencia de hacer un ultra completo acompañado.

Con Vila en Vistabella, kilómetro 91.
Con Vila en Vistabella, kilómetro 91.

El contacto con la naturaleza más o menos dominada y la importancia de las relaciones interpersonales que se crean en una carrera de trail running son directamente proporcionales a la longitud del trazado y ambas cosas se graban de forma indeleble en la memoria del corredor para hacer de cada carrera única e inolvidable. El paisaje que arrastra y confunde, que araña y ataca, que sorprende e impacta sólo es superado la mayoría de las veces por la conversación y el contacto humano que se establece entre los que vamos coincidiendo en el camino. Por eso engancha este deporte y por eso nos ponemos tan pesados al hablar de él los que lo practicamos, porque lo que se comparte y obtiene alimenta el alma y eso, al hombre, le causa adicción.

En Castellón, además, participé el año pasado en la primera carrera con categoría minimalista de España que fue, al menos para mí, la que consiguió comenzar un movimiento imparable de acercamiento entre los que practicamos la carrera como humanos por lo que el vínculo sentimental para mí era grande. Mi experiencia personal el año pasado en su modalidad corta fue muy grata pero no quería que este año el reto del verano (GTP 110) me pillase por sorpresa, por lo que decidí hacer, por supuesto también con calzado minimalista (mi calzado), la modalidad ultra de 118 kilómetros que acabaron siendo 121 sobre el GPS.

 

II.- Parte alimenticia (discutible).
Mi limitada experiencia en el mundo de las carreras más o menos largas está plagado de casques, petadas, pájaras y dolores de piernas. Mucho sufrimiento en general. Desde aquel octubre en que empecé a asomarme a este mundillo, pasando por la tragicomedia de Sierra Morena en 2012 o el ya citado casque de Peñalara en 2012.
Esto tendría que ser así, me imaginaba. Te metes un atracón de kilómetros considerable y es lógico que hasta veas alucinaciones en mitad del esfuerzo y no vas más allá. Luego, un par de semanas en las que casi no puedes mover las piernas y en las que subir unas escaleras es una escena digna de cualquier musical de Lina Morgan y a empezar de nuevo a pensar en qué burrada harás en otro par de meses.
El pasado mes de febrero conocí a través de Fran Serrano los rudimentos de la alimentación evolutiva y su aplicación a la dieta del deportista. Escéptico por naturaleza pero convencido por la lógica y simpleza de las explicaciones, me animé a cambiar de hábitos alimenticios hace unos 3 meses, allá por febrero, e hice desaparecer de la dieta familiar el temido cereal y sus derivados, así como todo tipo de lácteo y cualquier cosa azucarada; multiplicando al mismo tiempo la ingesta de fruta y verdura e incorporando (¡Vade retro, Satanás!) grasas animales que intentaba mantener lejos de mis platos para proteger mis arterias.
Junto con tiradas más o menos largas en completo ayuno (las más larga de 42 kilómetros de montaña) y varias pruebas en modo competición también tipo trail, completé las últimas semanas con agua y bicicleta de carretera y mejoré los entrenamientos a pie, haciéndolos mucho más intensos y más cortos.
Llegué, pues, a Castellón con menos peso en la báscula que a ninguna carrera anterior de estos últimos años, con un aspecto físico más cercano a un corredor que a un campeón de boxeo de peso medio, ánimo exultante y sintiéndome en plena forma para afrontar los 5000 y pico metros de desnivel del CSP118. Todo eso y un plan de comidas riguroso y pantegruélico para el previo a la carrera, cosa que tampoco había hecho nunca antes con mucha disciplina.
La dieta incluía una montaña de huevos duros a repartir entre Vila y yo. Cuando vi el paquete de huevos cocidos que incluí en la maleta, no pude dejar de acordarme de la escena de La leyenda del indomable en la que Paul Newman se atiborra con 50 huevos duros. Yo creí que no iba a poder con ellos tampoco y eso que sólo tocábamos a unos 5 por cabeza.

El plan de comidas fue el siguiente:

  1. Día previo:
    1. Desayuno: Tres piezas de fruta y un té.
    2. Re-sayuno: Tres piezas de fruta y 100 gramos de frutos secos crudos.
    3. Almuerzo: Tortilla de calabacín y ensaladilla de arroz con pimientos rojos y verdes crudos, champiñones y sésamo crudo.
    4. Merienda: Uvas, naranja y frutos secos.
    5. Cena: Filete de entrecot de ternera, arroz a la cubana con huevo frito y dos patatas cocidas.
  2. Día de la carrera:
    1. Desayuno: Una patata cocida, una naranja, un plátano y dos huevos duros, como diría Groucho.
    2. En carrera:
      En cada avituallamiento sólo comimos la fruta que se ofrecía y rellenamos de agua las mochilas y el bote. En las 21 horas, calculo que nos comeríamos unas 7 naranjas y 3 plátanos.
      En el avituallamiento del kilómetro 72 hicimos un alto más largo, nos sentamos y comimos como en casa: pedimos sólo el atún de lata que añadían a la pasta cocida que ofrecían, el caldo calentito que sentaba muy bien y donde yo añadí los otros tres huevos duros que había dejado en la bolsa de ese avituallamiento.
      Cada cuatro horas aproximadamente el bote de agua con el que corrí lo llené con 80 gr. de esto, que fue la base principal de HC que ingerí.
      En otros tres momentos de carrera, me tomé un complemento de proteínas (dos veces) y otro de aminoácidos (glutamina) en pastillas, muy recomendables para desintoxicar al organismo de los tóxicos producidos por catabolismo proteico en momentos de esfuerzo continuado.
      En el avituallamiento del 91 volvimos a atacarle al caldo y creo que volvimos a comer atún y, por supuesto, siempre, fruta.
      Esto fue todo lo que comimos en 21 horas.

III.- Parte descriptiva (lo que creo pasó).
Lo que pasó es que fui como un toro todo el camino. Es un resumen escueto, pero es que no paré de sorprenderme todo el camino.
Intentando siempre contenerme, no podía evitar hazañas como la del ascenso a Sant Miquel, donde subí corriendo adelantando a participantes de la MiM que caminaban pesadamente en busca del bello avituallamiento de Torrecelles.

También en Benafigos o Culla, durísimos ascensos ya solo para los de CSP118, subí con mucho ímpetu y sin miedo, llegando con fuerza para el descenso que también hice corriendo en casi todos los casos. Sólo cuando se hizo de noche o en las bajadas con más piedras, fui precavido hasta el extremo: no quería caerme. Esta temporada ya he tenido dos experiencias contra el suelo en las que siempre ha salido ganando él y no quería fastidiar el recorrido que llevaba con un tropezón tan habitual en mí.

En el último avituallamiento, el del km 107, nos avanzan que sólo quedan dos subidas duras y una bajada como esa subida que habéis hecho hasta meta. Yo ya sabía, entonces, que no iba a correr en esos tres kilómetros, porque las zapatillas también empezaban a no darme seguridad en un terreno cada vez más embarrado y húmedo, habiendo perdido el taqueado en gran parte de la suela.

Sergio, uno de los corredores con los que fuimos compartiendo bastantes kilómetros y con el que acabamos entrando en meta y que conocía muy bien el terreno, nos avisa de que la segunda subida es durísima, así que empiezo reservón los últimos diez kilómetros.

Cuando me doy cuenta de que no llega ninguna subida especialmente dura, le pregunto a Sergio cuándo llega lo duro y me dice que se equivocó, que estamos subiendo por otro lado y que es esto lo que nos espera. Sabiéndome con fuerzas y habiendo decidido que la última bajada la haría andando, arranco a comer cuesta arriba como alma que lleva el diablo para quedarme vacío. Total, ya no había nada que guardar y quería ver si era posible a estas alturas de carrera hacer algún tipo de barbaridad como ésta. Subo de forma brutal, José Antonio y Sergio, dos corredores con los que íbamos, quedan atrás y sólo Vila (que es una roca) tira tras de mí preguntándome qué coño hago y reprochándome haber dejado tirados a dos corredores con los que estábamos compartiendo el camino.

La verdad es que tenía razón, aunque mi intención no era dejarlos, sino sólo desgastarme pensando que, en la bajada, los demás me alcanzarían, como así hizo Sergio. Él sí nos pasó bajando y, en la distancia, nos gritaba “venga, que entramos juntos”.

“¿Ves lo que ha hecho él?”, me dice Vila. “Lo tuyo ha sido una demostración de fuerza completamente innecesaria”.
Tenía razón. En la ducha, me encuentro con José Antonio y me disculpo, aunque él no le da importancia.

En ese apretón de subida pasamos a unos cuantos corredores que aún iban delante de nosotros en el anterior avituallamiento, para acabar entrando, los tres en 21:07.

Una tremenda experiencia que acabé con fuerza y ganas.

IV. Parte cuarta. Un resumen (por si sólo has leído esto).
El resumen es que comer de otra manera e incluso con entrenamientos más cortos y variados, me permitió llegar a meta con una inusitada fuerza.

Algo que me llamó la atención poderosamente fue la clasificación que fuimos ocupando en cada control de paso, lo que da idea de que nuestro rendimiento iba en aumento o, al menos, se mantenía durante el desarrollo del esfuerzo, mientras que el de corredores que teníamos delante iba mermando conforme se iban sucediendo los kilómetros y pasaban las horas. Estos gráficos son muy explícitos.

Puestos ocupados en cada control
Puestos ocupados en cada control

En cada avituallamiento ascendíamos posiciones, llegando a entrar en Vistabella en posición 114. Ahí, nos paramos quizás demasiado. Estaba Nano allá y estuvimos charlando un montón de rato. Aun así, logramos pasar a corredores en los últimos 30 kilómetros.

Tiempos medios entre controles
Tiempos medios entre controles

En cuanto al ritmo que logramos llevar, fuimos más rápido entre los kms 25 y el 33 y, conforme el terreno
ascendía y pasaban los kilómetros, íbamos más lentos, lo que parece lógico, aunque siempre manteniéndonos en un margen lógico de entre 9 y 11 minutos por km, para acabar a una media similar a la que empezamos.

Un carrerón que me da tremenda confianza para Peñalara que sí, este año, no me tumbará. O sí…

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