5.Señales de Humo – por Ñusi Martos

Recuerdo los tiempos de recién casada en los que podía dedicar la mayor parte de mi tiempo a trabajar. Tenía objetivos laborales y luchaba por ellos. Me aplicaba al máximo, echaba horas extras y me formaba de manera continua. Llegaba a casa acompañada casi siempre de la noche, pero las pocas horas que quedaban hasta el merecido descanso, podían ser en su totalidad para mí. De forma que si lo único que me apetecía era tumbarme en el sofá y ver una película con mi marido, pues lo hacía y ya está. Fuera del trabajo no había más obligaciones. Si queríamos ir al gimnasio, íbamos, si queríamos salir a tomar algo, salíamos, si queríamos ir al cine o algún concierto, asistíamos.

Pero de repente y casi sin que pudiéramos hacernos bien a la idea, todo cambió y nuestro mundo se volvió del revés. El nacimiento de nuestra hija María fue el momento más buscado y deseado de nuestra vida en común. Sin embargo, y a pesar de estar preparados para recibirla, hasta que llegó a casa no fuimos realmente conscientes de lo que nuestra vida y prioridades cambiarían. Llegó entonces el ansiado ascenso y su consecuente mejora económica, y tal cual llegó, segura de lo que hacía, lo rechacé. De repente todo aquello por lo que luché durante años, carecía de importancia. Lo único que importaba realmente en mi mundo, era una personita que crecía por días y a la que quería dedicar, si pudiera, mi vida entera. Una elección tan respetable como otra cualquiera.

Yo elegí reducir mi jornada y ganar menos dinero para ganar más vivencias junto a mi hija María. En definitiva, elegí menos por más. Y lo disfruté a lo grande. Tuve una niña buenísima a la que apenas me costó enseñar y educar. No me dio problemas ni me robó nunca demasiadas horas de sueño. Cada día que pasaba con ella era mejor. Hoy, a sus 8 años de edad, es ella quien me enseña algo nuevo cada día, y la que me lleva de la mano en momentos difíciles en los que por cualquier motivo, me ha costado remontar.

Años después llegó Marta dando guerra desde el embarazo. Vino acompañada de preocupaciones que afortunadamente quedaron en nada. Me regaló también una lactancia muy dura y llena de inquietudes, que desembocó en una mastitis grave y difícil de curar,  hasta que finalmente me intervinieron en el hospital. Pero esa pequeñaja que puso toda nuestra rutina y normalidad patas arriba, hoy es un bombón de casi 4 años que no deja de hacernos reir con su desparpajo. Fueron y son muy distintas las dos, me siento orgullosa de ambas y todo mi mundo gira a su alrededor. Así que, desde que llegaron, se convirtieron en mi motor para arrancar cada día, y con ellas a mi lado sentí de repente que mi vida era plena.

Nunca arriesgué más allá de lo normal, no fui atrevida ni demasiado ambiciosa. Pero en definitiva, conseguí la vida que quería vivir. Elegí mi ciudad, elegí formar una familia, elegí trabajar tan sólo para poder vivir, elegí dedicar mi tiempo a mis hijas, y esta elección siempre me ha hecho feliz.

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Y así, cuando parecía que nada más tenía cabida en mi rutina diaria, un cúmulo de acontecimientos y casualidades hicieron posible que comenzara a correr. Y casi sin darme cuenta, tras hacer la mencionada media maratón de Granada, mi segunda carrera, fui consciente de que no sólo había un hueco para el running, sino que necesitaba que así fuera. Mi unión a Paqui como compañera de carreras se consolidaba y nuestras inquietudes e ilusiones se cruzaban y se unían convirtiéndose en un sueño u objetivo común.

Tras superar Paqui una lesión y hacer yo entre tanto la media maratón de Almería, seguimos corriendo juntas y buscando información sobre carreras aptas para nosotras. De momento sólo habíamos pisado el asfalto, pero ver los reportajes de grupos de corredores que disfrutaban de este deporte en plena naturaleza, nos hacía ver que aún nos quedaba mucho por descubrir y que nuestra experiencia no se podía limitar a correr por la ciudad, por muy bonita que Granada fuera.

Desde que comenzamos nos hemos caracterizado por ser fáciles de convencer, por tanto bastaron unos cuantos mensajes en el grupo de los Qualquiera para aventurarnos a nuestro primer trail, 30 km en Cabo de Gata. No teníamos miedo a nada. Pero había un dato importante. Ni habíamos pisado nunca la tierra, ni teníamos zapatillas adecuadas para hacerlo. Y esto había que arreglarlo, claro. Lo primero fue comprar el calzado. Tras dar mil vueltas, hacer millones de preguntas, e intentar por todos los medios que nuestras nuevas zapatillas fueran fucsias o moradas (antes que buenas, por supuesto), nos conformamos con las que había en aquel momento para cada una de nosotras, pues no teníamos mucho tiempo para probarlas. En apenas dos meses, estaríamos en la línea de salida. Lo segundo fue nuestro acercamiento al medio. Un grupo de montañeros a los que conocíamos por el grupo de facebook, nos invitó a correr con ellos por el monte. Nosotras, muy agradecidas, no dudamos en aceptar la invitación.

Aquella experiencia fue un tanto agridulce por los sentimientos contrapuestos que surgieron de ella. Positiva porque disfrutamos de paisajes hasta el momento nunca vistos, porque la persona que tuvo la iniciativa, se portó con nosotras de lujo brindándonos esta gran oportunidad, y porque además, nos dimos cuenta de que éramos capaces de hacerlo. Y negativa, porque para ser nuestro primer trail, hicimos 23 km que nos dejaron sin aliento. Esto a su vez, significó estar en la montaña durante horas, y al no saber que así iba a ser, no avisamos a nuestras familias. Tanto tiempo sin cobertura y sin poder dar señales de vida, nos angustió un poquito y provocó cierta preocupación en casa. A pesar de todo, la semana posterior a esta ruta, estábamos felices de haberla hecho.

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Continuamos pues con nuestras dudas y preguntas originadas por el desconocimiento y los nervios. Cabo de Gata estaba a la vuelta de la esquina y había mucho por aprender. Fue entonces cuando comenzamos a divertirnos siguiendo en la red a un par de dos que además de correr por montaña, disfrutaban como enanos haciéndolo.  Nos transmitían increíbles sensaciones tan sólo viendo sus caras plasmadas en una foto de cualquiera de sus hazañas. Eran miembros de una tribu que comenzaba con mucha fuerza a abrirse camino. Eran los Arapajoes Fran y Moisés Ruiz Gutierrez, que de esta forma, nos lanzaron sus señales de humo.

De igual modo que hice con su hermano Santi en anteriores ocasiones, me puse en contacto con ellos a través de un mensaje privado. En él expliqué la necesidad que teníamos de salir a correr por el monte, pues nos enfrentábamos a una carrera cuyo medio no era el nuestro y cuya distancia no habíamos alcanzado por el momento. La ilusión que nos hacía poder ir con ellos quedó reflejada en este mensaje que  sin titubear envié a ambos. Y ambos contestaron prácticamente lo mismo. Salían a correr por montaña para perderse en su grandeza, divisar los magníficos paisajes que el camino les brindaba, y transmitir su devoción y respeto por ella a todo el que les acompañara. “No nos importan los tiempos, no nos importa esperaros y nos gustaría que os apuntarais a nuestra próxima salida” Leí aquellos mensajes con la misma ilusión que tiene un niño en su primera excursión. Pensar que Paqui y yo íbamos a correr con ellos en los próximos días, me mantuvo emocionada el resto de mi semana.

De repente, arrollando lo cotidiano,   aparecían nuevos alicientes para estar más contenta y motivada. Sí; yo era feliz con mi vida, pero entonces supe que podía serlo mucho más. Nuevas amistades, deporte e infinidad de buenos momentos me aguardaban para demostrarme que siempre puede haber más. Y  que si algo deseas hacer, hay que moverse (o escribir mensajes privados a todo el que se precie), para lograrlo o al menos intentarlo. Porque la vida de cada uno está llena de diminutos sueños que se pueden hacer realidad. Porque luchar por ello y conseguirlo nos puede hacer felices en algunos momentos. Sí, sólo momentos, porque la felicidad permanente no existe y el estado continuo de alegría tampoco. Se trata más bien de una mezcla de pequeños instantes mágicos, chispas, luces, colores, sensaciones y emociones. Una coctelera que te hace sentir vivo y te da fuerza y energía para ser positivo. Y en mi primer encuentro con los Arapajoes…este coctel se sirvió bien mezclado y muy fresquito.

Cómo recuerdo aquel día. Paqui y yo nos unimos a Fran y Moi junto con otros compañeros Qualquieras, y un tercer miembro de la tribu hasta el momento desconocido. Un pilar de los Arapajoes. Una de esas personas que nada más ver te das cuenta que es buena por naturaleza. Una de esas personas transparentes y sin doble filo: Fran Quiros, el tío de la vara entra en escena. Fue gran compañero antes que amigo. Es su condición. Y ese día, junto con el incansable Fran (para mí Curri) y el intrépido jefe de los indios, Moi, nos hicieron disfrutar de lo lindo. Y como anécdota, decir que lo que más me impactaba al verlos en acción, era su forma de bajar corriendo no, volando por carriles y vereas de vértigo. Si no me equivoco, fue un grupo de personas los que al verlos de tal modo y en fila india uno tras de otro, exclamaron: “parecen Arapajoes!”

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Quirós, Moi, Jose Tallón, Paqui, Roberto y yo fotografiados por Curry.
Quirós, Moi, Jose Tallón, Paqui, Roberto y yo fotografiados por Curri en nuestra primera salida con los Arapjoes

Si no falla mi memoria, salimos un día más con ellos antes de nuestra ya próxima carrera.  Y ahí nos acompañó otro futuro Arapajoe, mi hermano Ignacio, que estaba a punto de venir a vivir a Granada. Le había contado lo bien que lo pasé en la primera ruta que nos regalaron a Paqui y a mí, y como él además ya los conocía (menos a Quirós, parece mentira…) pues se animó a la siguiente y ya no falló casi a ninguna.

Y así llegamos a Cabo de Gata, con tres experiencias en montaña, y con la tranquilidad de que a pesar de ser demasiados kilómetros aún para nosotras, tendríamos la posibilidad de andar bastante y recuperar, pues por lo que habíamos podido comprobar en nuestra corta pero intensa experiencia,  muchas pendientes hay que subirlas andando, ya que corriendo a veces resulta casi imposible. Y es que curiosamente, lo que nos aterraba era tener que correr sin parar durante 30 km seguidos. Para nuestra sorpresa, así fue.

A excepción de la primera gran subida de la carrera, que hicimos en su totalidad caminando y con la lengua fuera, el resto del trazado te permitía correr sin descanso, pues se trataba de una ruta con poco desnivel y sin apenas dificultad. Por tanto, no nos quedó otra que correr y correr, llegando a meta exhaustas y realmente cansadas. No obstante, la carrera fue muy divertida para nosotras, lo pasamos en grande y disfrutamos de un fin de semana fantástico en la playa acompañadas por nuestras familias. Podéis saber más acerca de aquel día en la crónica que escribí para contarlo.

Cabo de Gata fue una gran experiencia para mí por dos razones. La primera y más especial, porque fue la “excusa” para salir a correr con los Arapajoes, a los cuales admiraba, admiro y admiraré siempre. No sabía entonces, si una vez finalizada la carrera, volveríamos a salir con ellos, sin embargo muchas más vivencias a su lado estaban por llegar, a la par que su amistad. Y en la actualidad, esas rutas por montaña en su compañía, forman parte de mi coctelera de instantes mágicos que me obsequia con momentos felices e inolvidables. La segunda razón es que pocos segundos después de llegar a meta se me encendió una bombillita. Recuerdo que al terminar nuestra primera media maratón, Paqui y yo andábamos por la calle realmente cansadas cuando le dije:” Nunca, nunca, me pidas hacer una maratón”.

Y oye, si habíamos hecho una carrera de 30 km casi en su totalidad corriendo….. ya sólo nos quedaban 12 más para comernos a la prueba reina…., no es verdad??

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