El ultratrail es Dios y Peñalara su profeta

No vas a saber explicarlo
José Antonio Marqués Vilaplana

Si Dios existe, debería ser como el ultratrail: certero y equitativo. Certero para no equivocarse ni al pedir ni al repartir y equitativo para dar a cada uno lo que se merece, lo que busca, lo que se trabaja.
Seguramente, estás harto de ver cómo te pasan por la izquierda y por la derecha los pelotas en el trabajo, ascendiendo a tu costa. Probablemente, te parece atroz que el pelmazo de tu clase, ese que no pasaba del 5,5 sea hoy concejal y vaya para ministro. Observarás con rabia cómo nadie alcanza lo que se trabaja: es injusto, te dirás.
Pero eso no pasa en el ultratrail y por eso el ultratrail es Dios, porque vela para que cada uno sólo tenga lo que se merece y sólo él distribuye justicia de forma equitativa y certera y en pequeñas dosis.
¿Y sobre los profetas? Pues hay muchos, pero sólo uno es el verdadero, lo dicen las escrituras. Los demás, apenas llegan a cuentacuentos de barraca de feria, a vendedores de humo cuyas promesas incumplidas, cuando llega la lluvia, te dejan peor que cuando empezaste, aterido y débil, frente a la cruda realidad de tu insulsa vida.

Peñalara no es como ellos. Ella es verdad e infinita, enorme y bella, cumplidora y paciente y se entrega presta a darte lo que mereces a nada que se lo pidas.
El ultratrail es Dios y Peñalara, ¡aleluya!, es su profeta.

Que se te atragante una carrera es solo culpa tuya. No hay más. Ellas están ahí ofreciéndote su mejor mejilla y eres tú el que lo jodes todo. Me pasó el año pasado y me volvió a pasar, con matices, este mismo en el que volvía, orgulloso y soberbio, a darle su merecido. Y eso que ella, justa y eterna, ya me había avisado.
Pero no hay forma, el hombre es el hombre. El hombre no necesita que otros hombres le avisen de nada, ha de hacerlo todo él y en todo tiene que equivocarse repetidas veces. Estoy seguro de que si mañana, en Sarajevo, un nacionalista serbio le pega un tiro al archiduque, el hombre sería capaz de volver a montar la I Guerra Mundial. No importa que ya sepamos lo que después vino, las trincheras y su carnicería, la inutilidad de la guerra y sus consecuencias. Si mañana vuelve a morir el archiduque, volveríamos a empezar en este eterno Día de la marmota, siempre repitiendo el equívoco infinito.
Pero nosotros tenemos la ventaja de que ya, ahora, sabemos que el ultratrail es Dios y Peñalara, ¡aleluya!, es su profeta.
Este año, llegué a Peñalara con varias fortalezas que inflaron mi soberbia ante el profeta: Uno, ya conocía parte del trazado y no me iba a dejar sorprender por ninguna de sus trampas. Dos, ya tenía cierta experiencia previa con la ultradistancia y las consecuencias físicas y mentales que el paso de las horas podrían acarrearme en carrera y tres, lo más importante, iba con mi amigo Vila a correrla. Nada malo podía pasarme porque Vila me había prometido que iríamos juntos, así que iba sostenido y confiando, como un cordero al matadero.
De forma bastante ilusa, habíamos fijado un horario de llegada que asustaba al mismo Krupicka, pero me lo había dicho Vila y, como Víctor Abundacia, yo confío en mi coche y en mí, así que no rechisté y apreté el culo para hacer como que yo también sabía de lo que hablaba.
Como el año pasado, la subida al pico de La Maliciosa es la primera de la carrera. El ascenso empieza a unos cinco o seis kilómetros de la salida, tras pasar la Fuente de La Campana que, este año sí, hice sonar de forma fetichista. En la noche de luna naranja y a medio hacer, la hilera de corredores en fila india que ascendemos al pico es una preciosa estampa. “Mira hacia atrás”, me dice Vila. Los puntitos que bailan tras nosotros son como luciérnagas, una preciosa foto que tendrás que venir a hacer la carrera si quieres verla, porque sólo yo la tengo en mi cabeza.
Había leído las recomendaciones de Gema Quiroga para afrontar el ultra y me fijé como objetivo intentar ir siempre cerca de mi límite de pulsaciones superior aeróbico extensivo (ahora en unas 158 ppm), así que miraba regularmente el pulsómetro para ver cómo iba subiendo. Rara vez pasaba de 148 pulsaciones, así que casi siempre me sentía ir con un punto de reserva interesante, por lo que tronase.

Consejos para frontar el ultratrail de Gema Quiroga
Consejos para frontar el ultratrail de Gema Quiroga

La Maliciosa la coronamos juntos en 1:43, apenas 8 minutos sobre el horario previsto lo que, viendo la marabunta de corredores que ascendíamos y que era de noche, lo vimos como normal y dentro de un margen razonable.

A la bajada le temíamos, así que la hacemos con pies de plomo para llegar al siguiente control acumulando ya más de 20 minutos de retraso sobre nuestro plan. Seguimos subiendo y bajando y entramos pronto en la Hoya de San Blas, donde el año pasado me caí haciéndome mucho daño en la mano. El Manzanares cruza limpio y sonoro este valle y hay barro y vegetación espesa en forma de cintas y monte bajo que araña. Sigo disfrutando de la sensación incomparable que me ofrecen las sandalias, aunque empiezo a ponerle pegas a correr con ellas llenas de barro. El piso entre el pie y ellas se hace resbaladizo e incómodo, lo que intento solucionar pisando en seco cuanto puedo para llenarlas de arena y secarlas. Consigo así también una costra considerable sobre los pies del mismo color que la sandalia, aunque el mimetismo cromático no impide que muchos corredores no dejen de hacerme comentarios sobre el calzado, sorprendidos todos y conocedores muchos tanto de su origen como del motivo de calzarlas.
Subiendo a La Morcuera cambiamos las pilas de los frontales. El tramo anterior lo había hecho una sensación terrible de inseguridad por la falta de luz, lo que achacaba al propio frontal, que no daba para más, ya que daba por hecho que las pilas que había repuesto antes de empezar eran nuevas. Vila tampoco iba contento con el suyo, así que paramos un poco y cambiamos pilas en ambos Mejora la sensación, lógicamente y me arrepiento de no haberlo hecho antes, pero es que el ansia me puede.
Poco antes de coronar La Morcuera vemos a la derecha cómo va amaneciendo. El ruido de la noche apenas había sido hasta ahora el de los cencerros del ganado que pasta libre por la sierra y el fru-frú de la ropa y mochilas de los corredores, además de alguna conversación queda que manteníamos de forma cortés entre corredores al cruzarnos. Con el primer atisbo de luz solar, la música de la Sierra cambia y ahora son los pájaros los que toman presencia, con el eco siempre presente del agua, que invade todo el recorrido en distintas versiones: desde el rumor lejano del arroyo que desciende a la chorrera ruidosa que escandaliza la noche y que no podemos ver, pasando, luego, mucho más adelante por el fluir ancho, tranquilo, transparente y disfrutado por cientos de personas del Eresma.
A Navacerrada llegué tras una semana en la que me había dolido todo lo que puede doler: talones, tobillos, muslos, cadera derecha. Además, entrenamientos que no salían como esperaba y cierta pereza inexplicable habían sembrado de dudas mi venganza sobre el profeta. Sinceramente, hablaba poco porque sólo esperaba el momento en que todas esas dudas tomaran presencia de nuevo y empezasen a ponerme en el sitoi que me correspondía, aunque nunca llegaron. Así que no era raro que mi pensamiento estuviese fundamentalmente centrado en el correr y en todas esas cosas que me habían atenazado las semanas anteriores.
“Hablamos poco, Pepe”, me dice Vila en algún momento de la noche. Y así es. No es que llevemos una conversación constante, pero sí que nos comunicamos. Nos oímos respirar y pisar sobre las pistas y senderos, “ojo con el agua”, “deja paso que van”, “¿cómo vas”, “¿te duele algo?”… son apenas las frases que nos cruzamos, además de alguna conversación sobre el trazado y mis recuerdos del año pasado, del que conservo fogonazos lúcidos a pesar de que el año anterior, al haberlo comenzado de día, lo hace parecer distinto.
Aparece La Morcuera y es ya completamente de día. Me tomo mi primera dosis de glutamina y tomo tanta naranja y plátano como puedo. Hacía ya tres horas ya había tomado el primer suplemento líquido (HC+proteínas en proporción 4:1) y justo al salir empezamos a gestar lo que luego, en el Puerto de Navacerrada, 14 horas después, identificaríamos como el gran error de nuestro planteamiento: empezamos a correr sin freno hacia Rascafría a una buena media, con kilómetros que hacemos a casi 6 minutos en un trayecto demasiado cómodo y en el que ya me equivoqué también el año pasado (no hay escarmiento para el hombre). ¿Cuál fue el error?. Pues correr, sencillamente. Correr constantemente durante las dos horas que nos llevaron hacer los 18 kilómetros que nos separaban del polideportivo de Rascafría a donde llegamos bastante tocados físicamente, con un par de kilómetros, los finales entre el Puente del Perdón y el polideportivo, demasiado malos.
Llegando al polideportivo, vemos salir a la gente del #GTP60, pero no podemos ver ni a José Luis Galán ni a Nano, que tomaban la salida en Rascafría.
Allí teníamos preparada una bolsa con comida y nuevo atuendo para atacar el trazado diurno, que prometía ser caluroso. Me lavo, me cambio y comemos nuestros fieles huevos cocidos, patatas, algo de jamón y un par de dosis de magnesio que Vila reparte, generoso como siempre, a algún corredor con el que hemos hecho parte del recorrido hasta llegar a Rascafría. Le cantamos cumpleaños feliz a una de las voluntarias que, sonrojada, sigue repartiendo bebida a cuantos llegamos. Me pongo crema solar, nos cambiamos de ropa y ahí cometo (¿y van…?) otro de los errores que mi soberbia no me permitió corregir: no cambiarme de calzado.
Había dejado en la bolsa un par de las NBMT10 que había comprado no hace mucho, en previsión de algún contratiempo con las huarachas. A esas alturas, ni una sola molestia en los pies podían indicarme que necesitaría otro calzado pero un poco de lúcida lógica hacía evidente que no iba a terminar bien calzando durante casi 24 horas unas zapatillas con las que no había corrido más allá de tres en todo este tiempo. Y eso que ellas, como Peñalara, ya habían avisado. Mi obsesión con atacar Peñalara calzado con las Luna Sandals me pudo y no me dejó ver lo que era evidente: una falta de adaptación al calzado que acabaría haciéndome mucho daño en los últimos diez kilómetros de carrera.
En Rascafría empieza otra carrera. Hasta aquí, todo ha sido juego. El Señor, en su magnánima sabiduría, manda mensajes que sus ignorantes siervos no saben leer. Y es que no todos los corazones tienen la capacidad suficiente para ver la luz del Señor y eso pasa: que palman como chinches cegados por alguno de los pecados sin perdón posible en el trail.
Salimos camino de el Puerto del Reventón 24 minutos después de entrar en el avituallamiento. Frescos y bien comidos, incluso corremos parte de la primera subida con un corredor local que nos comenta su experiencia de mucho tiempo de entrenamiento sobre este mismo sitio en el que corremos. Da gusto oírlo. Bastante mayor que nosotros, el tipo se nos va a ritmo, sin forzar y sin tirones. Yo lo sigo bastante bien, sin llegar siquiera a las 150 ppm y con ganas de caña, pero me contengo sabiendo primero que él va al #GTP80 y que El Reventón y Peñalara no son ninguna broma (parece que algo de la luz del Señor me llegó al quitarme las gafas un momento para secarme el sudor).
Nos equivocamos en un giro que hacemos solos y tenemos que retroceder unos 800 metros, pero no pasa nada. Volvemos a pasar a corredores que ya habíamos pasado en la subida y empiezo a exigirnos microrretos en la subida a El Reventón: corriendo hasta la curva, corriendo hasta la baliza, corriendo hasta aquel de los bastones… Pero Vila no me sigue. No sé qué pasa pero no tira.
Lo espero un poco en el avituallamiento de El Reventón y él comienza antes que yo la ascención a Peñalara. Nos ha llevado unas 2 horas hacer los últimos 9 kilómetros y quedan 7 para coronar Peñalara a través de la Cresta de los Claveles. Estos 7 kilómetros son dramáticos: tardamos 2 horas exactas en hacerlos y son el primer bajón observable en nuestro rendimiento. Vamos camino de las 14 horas de carrera y aún no hemos pasado lo peor. Aunque la fe del ultratrail es así: lo peor siempre está por venir.

Camino de Peñalara, cumbre que aún no se ve, persigo a Vila, allá adelante
Camino de Peñalara, cumbre que aún no se ve, persigo a Vila, allá delante

Me acerco a una de las grandes manchas de nieve que están cerca del sendero que seguimos. Cojo un buen par de puñados de nieve que me meto en la gorra y en las mallas, a la altura de los cuadriceps, buscando la ternura y compasión del profeta, que me calma.

Siempre estás a punto de coronar, siempre a punto.
Siempre estás a punto de coronar, siempre a punto.

Vila comienza a dejarse minar por lo inabarcable de Peñalara. La visión del pico, allá lejos y arriba, es irreal, porque el serpenteo y sube y baja que hay que hacer para acercarse hasta él siempre te hace pensar que la siguiente subida es la última, que ya dejas de sufrir, que ya no te va a pasar nadie más, que ya llegas y a partir de ahí es bajada. Yo conocía la sensación y no me dejo arredrar por las pruebas de fe que el Señor me manda, pero Vila comienza a blasfemar: quiere pararse, quiere descansar un par de horas, quiere no seguir… Escandalizado y pensando que quizás acabemos convertidos en estatuas de sal, no lo dejo hablar y lo convenzo con llegar a la tierra prometida del arroyo fresco que hay bajando la otra ladera de Peñalara. Allí sí nos pararemos, nos refrescaremos, hundiremos nuestras pesadas piernas en el agua helada, yo me curaré los pies, tú descansarás el tiempo que necesites y seguiremos tranquilamente hasta La Granja, mi pesadilla. Dejo el tema de formar una familia para más tarde porque aún no lo veo del todo convencido, pero lo animo empujándole un poco. Así andamos un poco más. Le ofrezco nieve de otro nevero más grande, que se coloca bajo lo gorra. Más adelante, utiliza la misma técnica que yo y se coloca bajo las mallas dos enormes puñados de nieve.
Escalamos hacia Peñalara y hacemos cumbre a través de una muchedumbre de niños, niñas, abuelos y parejas de todo tipo. Sólo faltaba una cigarrera ofreciendo puros. Y es que en Madrid y alrededores arece que la unidad mínima de personas para hacer cosas juntos es la multitud y Peñalara no iba a ser menos.
Comenzamos a bajar Peñalara aún peor que la subida. Tras un par de kilómetros de piedras sin sendero, la empinada bajada que le sigue la hacemos con pasitos de bebé. Vila ahora va mejor, pero a mí los cierres de la Luna se me clavan como puñales en el empeine y no me dejan vivir. A eso le añado el dolor de cuadriceps que, de forma sorprendente, sólo me duelen, sin amenaza aparente de montarse o de calambres lo que es, a pesar de todo, buena señal.

 

Vila en el Walhalla
Vila en el Walhalla

Llegamos por fin al walhalla. Me tiendo de bruces sobre el arroyo y bebo como una vaca, hasta hincharme del agua helada. No reparo en qué hace Vila, que se sienta y habla con cada corredor que nos pasa y nos ve ahí, como para quedarnos a vivir. A ninguno le cuento mis intenciones de formar una familia junto a ese arroyo.
Comemos dátiles, nos bañamos en el diminuto arroyo, tomo de nuevo glutamina, una barrita proteíca, un ibuprofeno y me hago otro batido de HC+proteínas. Me lavo los pies y uso un par de compeed y esparadrapo para fijármelos al empeine y, al calzarme de nuevo, parezco otro.
Nos organizamos de nuevo y nos ponemos a andar. Propongo correr y Vila me contesta: “Si tú puedes, yo lo intento”, así que corremos por un sitio precioso bajando hacia La Granja.
Vila se para al poco rato. Mi sed de venganza sobre este trayecto que me mató el año pasado me puede y quiero hacerlo corriendo y de día. “Tira y me esperas abajo”, me dice Vila, así que eso hago. Le dejo un mensaje con un fotógrafo que está cerca del avituallamiento: “Dile el tiempo que voy por delante de él y que lo espero en La Granja”.

Ya en La Granja, camino del avituallamiento
Ya en La Granja, camino del avituallamiento

A La Granja llego solo a las 3 y media de la tarde. Las terrazas están llenas de gente al sol viéndonos pasar y aplaudiendo, lo que me anima mucho. Pienso en ellos como espectadores de una película de zombies, a los que pueden ver pasar camino de su plato de hígado con habas sin peligro de ser devorados. Cosas del calor.
Vila llega 15 minutos después y parece el padre de todos los zombies. Habla de abandonar, de quedarse allí a pensar qué hará y me dice, poniéndome la llave de su coche en la mano: “si quieres acabar esto, tienes que hacerlo solo”. Ni por asomo quiero quedarme allí. No podía palmar otra vez en el mismo sitio y, además, me sentía con fuerzas para lo que sea y, pienso, ignorante, que eran ya 30 kilómetros los que quedaban, así que no discuto, me despido sin saber qué iba a hacer él quedando en vernos en el hotel fuese cuando fuese.
Aquí empieza la tercera carrera. Un carrera donde apenas ya se veían corredores pero donde el trazado ofrece las postales más frescas y deliciosas para un niño de doce años como yo. Toda la ribera del río Eresma está ocupado por gente bañándose durante los 7 u 8 kilómetros que tenemos hasta el control de la Casa de la Pesca. Yo no puedo evitar pensar en mis baños de zagal en el Guadiato, donde aprendí a nadar y a tirarme de cabeza. Este río no da para tanto, pero el hecho de ver a tanta gente disfrutando de esto, me calma y me da ánimos. Corro casi todo el camino hacia el siguiente control, comiendo frutos secos y alguna barrita de proteínas, no dejando de beber y, constantemente, acercándome al río a mojarme y beber como un perro.
Antes de salir del vergel del Eresma veo a una mujer sentada cerca de la ribera. Con camiseta blanca, fuma un cigarrillo y da la espalda a la dirección en que pasamos los que usamos la senda. Los bastones de trekking están echados a su lado y el murmullo del río, cristalino, nos acompaña a los dos, solos por un momento. Ella no me ve llegar y, al pasar a su lado, y no muy alto le digo: “Así que el paraíso existía, ¿eh?”. Me sonríe al contestarme: “Y ya estoy en él”. Sigo corriendo animado y pienso en el sencillo e inmenso placer que ahí, sola y fumando, puede estar experimentando. Se me hace la boca agua pensando en el humo del tabaco y pienso si no habrá sido una visión vespertina provocada por la falta de sueño.
El control no llega. Otra prueba del Señor. Consigo pasarlo 2 horas y media después de haber salido de La Granja y comienza la subida más dura del trazado. Como todas las demás, es la más dura. Ahí sólo quedan ya corredores del #GTP60, no hay señales de dorsales de color azul, que son los nuestros. En la Fuenfría, cima de esos 4 kilómetros, un corredor que está entrenando y me ha pasado como una exhalación en la subida, me ofrece su bote que acaba de rellenar en la fuente. El agua está helada y me lo bebo como si no hubiera mañana.
Tomo el camino de Schmid en dirección al Puerto de Navacerrada en un trayecto a priori favorable y donde, al llegar, me quedarán 10 kilómetros a meta.
Me cruzo algunos mensajes con mi mujer que me animan y el optimismo me invade, de forma engañosa. Otra trampa de Belcebú.
A unos 5 kilómetros del Puerto de Navacerrada, unos zapatazos enormes me avisan de la llegada de un corredor. “Otro entrenando”, pienso, “nadie de los que he pasado puede llevar este ritmo ahora y nadie que venga por detrás puede ir tan deprisa”. Sin mirar atrás, pregunto: “¿Pasas por la izquierda o por la derecha?”. “No, no. Me quedo”, dice. Me vuelvo y veo a Vila, que me cuenta su recuperación y camino en las últimas dos horas. El tío ha hecho la subida infernal de la Fuenfría corriendo por debajo de 5 minutos el kilómetro y con la certeza de que me pillaba.
Mi felicidad es inmensa. “Ahora ya no me puede pasar nada”, pienso. “Vamos otra vez juntos y así llegaremos”. Nos contamos lo que nos ha pasado estas dos o tres últimas horas y trotamos como podemos hacia el Puerto de Navacerrada, a donde llegamos juntos en 21 horas y 17 minutos.
Bromeamos con los voluntarios, estamos exultantes de estar juntos de nuevo y de tener casi a la vista el embalse de Navacerrada. Nos regalamos unos trozos de dulce de membrillo (total, ya estamos llegando y podemos permitirnos el regalo) y unas lonchas de jamón serrano y empezamos una subida corta para bajar los últimos 7 u 8 kilómetros.
Charlo animado con dos gigantes de la brigada de rescate de montaña del cuerpo de bomberos de la Comunidad de Madrid que me mencionan el libro de McDougall y a los que vuelvo a corregir sobre las chanclas.
Pronto empezamos a bajar, como Don Juan, hacia los infiernos.
“La tubería”, ya me habían avisado, era una bajada muy fea y técnica donde ya las cuerdas de las huarachas me han hecho tanto daño entre los dedos que apenas puedo andar. Sólo quiero llegar a un terreno llano donde los pies no tengan que ir presionando sobre esa parte de la zapatilla y donde, iluso, creo que podré volver a correr. Nos pasan un montón de corredores (en total, entrarían en meta antes que nosotros 27 corredores que llevábamos detrás en el último control, una barbaridad) que nos animan. Aún hay algunos que se sorprenden del calzado que llevo, del que ya no quiero ni oir hablar. Faltando unos 4 kilómetros (siempre faltaban 4 kilómetros) noto el pie hinchado y la cuerda de la sandalia derecha clavada sobre la piel, con sangre entre los dedos. Me aflojo el cierre lo que puedo y me veo en el pie izquierdo una buena ampolla en el mismo sitio.
El recorrido de vuelta es el mismo por el que salimos y sólo deseo llegar al asfalto para descalzarme. Vamos caminando intentando apretar el paso cada vez que un corredor nos pasa, pero soy incapaz de seguir a nadie. Sólo camino como si fuese mirando escaparates, no doy para más. Vamos caminando junto a Alfredo, un corredor local al que dejé en la ribera del Eresma diciéndole que tenía que llegar de día a Navacerrada, lo que estábamos consiguiendo cuando nos alcanza.
La parte de asfalto también se me hace larga, ni siquiera intento correr. Nos pasan corredores a buena velocidad, animándonos a entrar con ellos y bajar de 24 horas. Agradezco los ánimos, pero no tengo la mínima intención de intentarlo.
Vemos la plaza de Navacerrada abarrotada, nos sale al paso Rodrigo y su perro, al que tenía ganas de conocer. Me saluda efusivo José Luis Galán, al que le pregunto por su carrera. Sonrío, ahora sí.
Me para el speaker para preguntarme por qué entro descalzo y qué llevo en la mano. Se sorprende de mis alpargatas (nombre no dado aún por nadie en la carrera a las sandalias).

Que no son chanclas, que son sandalias
Que no son chanclas, que son sandalias

Cruzamos la meta juntos Vila, Alfredo y yo. Vila y yo nos abrazamos tímidamente y nos felicitamos. Hemos terminado, ¡aleluya!, miro al cielo buscando alguna otra señal que me indique el camino y me viene a la cabeza una frase de una canción de Dylan “I just gotta pick myself up off the floor. I’m ready when you are, Señor”.
No hace falta que nadie me recoja del suelo, porque aún puedo caminar. Cojo mi chaleco, doy las gracias a los voluntarios de meta que me lo entregan y nos vamos hacia el hotel como podemos, entre tiriteras de frío y pensando en qué nos pasará el año que viene cuando la carrera no sea de 110 sino de 150 kms.

Lanzo la pregunta al aire, pero el profeta ha debido irse ya a dormir, porque no oigo su respuesta.

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