Aguantacerros 2012 – A ciclist chronicle

A pesar de lo que pueda parecer, creo que soy ciclista. O por lo menos, creo que soy más ciclista que runner. O más bien, creo que adoro la épica del ciclismo, más que la de running.

Es verdad que correr es algo que todos podemos hacer y cualquiera puede intentar acabar de cualquier manera cualquier carrera. Pones un pie delante del otro y, ¡hala!, llegas antes o después: sudando más menos, con gorra o sin gorra, con gominolas o sin ellas, en ayunas o bien desayunado, descalzo o calzado, te lo propones y lo haces. Es cuestión de tiempo y tesón.

Pero la épica, ¡ah!, nada que ver. Se puede ver terminar una carrera, larga o corta y que te parezca un imborrable final, inolvidable el esfuerzo, incomparable la hazaña, irrepetible lo hecho. Y ahí está Youtube para ayudarte a ver acabar como una zombie tiroteada a Grabielle Andersen el maratón de los Juegos Olímpicos de Los Angeles (1984)

O el de este final del campeonato del mundo de Ironman de 1997 disputado hasta la raya por Sian Welch y Wendy Ingraham.

Puedes emocionarte hasta las lágrimas viendo ganar a Grebesselassie en Sydeney en el año 2000 y pensar que tú también lo harás algún día, que tendrás ese final apretado con el Tergat de turno y que apenas ganarás por una brazada, por una cabeza, pero que entrarás delante del David de turno.

Pero, insisto, nada comparable con la épica del ciclismo. Con lo que puedes hacer encima de la bici y con ese sentimiento de imbatibilidad, de superhéroe que uno es capaz de sentir sobre la bicicleta, donde se puede pasar del pajarón más absoluto a la recuperación más increíble después de darle un bocado al Turrolate de turno.

De la bici me gusta todo: me gusta los sonidos que la rodean y que te acompañan, el “clack,clack” de la calas al entrar en los pedales, el “click” del broche del casco, las bolas del cojinete trasero rodando libre cuando no pedaleas, el cambio al cambiar, la goma al rozar la carretera y adoro el sol apretando fuerte sobre el cuello. Bajar la cremallera del maillot al subir, subirla al bajar, animar al compañero que pasas y dejarlo tirado, pararte a ayudarle a subir, ponerte delante de un grupo y tirar como una bestia, sin límite, sin admitir relevos  y sin esperar nada a cambio, sólo por el placer de que los cuadríceps te griten  “¡basta!” en el siguiente repecho y mirar atrás, sólo de reojo, para ver que sólo unos pocos te pudieron seguir. De la bici me gusta todo.

Desde que leí la biografía de Tommy Simpson, aquel primer inglés que le plantó cara al ciclismo continental, no se me va de la cabeza la tremenda imagen del ciclista en el Mont Ventoux, hasta las cejas de anfetas, sin criterio y a punto de caer fulminado por su propio exceso, pidiendo al que intentaba ponerlo en pie: “put me back on my bike, put me back on my bike” para intentar acabar la etapa, esa maldita etapa, que podría hacerle ganar el Tour de 1967 y acabar de pagar el descapotable que había dejado apalabrado en Inglaterra antes de iniciarlo.

Desde que supe de Tommy Simpson y su frase, pienso que algún día acabaré repitiéndole a cualquier voluntario en cualquier carrera ese tantra que igual me tatúo en el cuello: “súbeme a la bici, sé que puedo terminar, súbeme a la bici”. Pero no babearé, ni miraré con ojos desorbitados a nadie, no me moveré como un zombie y procuraré no dar el aspecto patético de un yonky de la bici porque, esto, también, puedo dejarlo cuando quiera.

Y todo esto, a cuento de que ayer, domingo 27, hice por segunda vez la Aguantacerros de Montilla, donde no pude ni acercarme al tiempo que hice el año pasado pero donde, mientras fui pletórico, hasta ese maldito pinchazo en la rueda delantera, me creí Tommy Simpson al pie del Ventoux: esto me lo como yo con dos pastillazos y un copazo de coñac.

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